30 noviembre 2017 - ¿Por qué ha escrito el Papa Francisco la Encíclica Laudato Si'?

Cardenal Marc Ouellet - Conferencia en el Simposio Internalcional sobre Ecología, San José, Costa Rica

Print Mail Pdf

OuelletConferenza2

LAUDATO SI'

«¿Por qué ha escrito el papa Francisco la Encíclica Laudato Si'? »

 

La urgencia de un diálogo planetario

Es posible responder a esta pregunta desde varios niveles, según adoptemos la perspectiva de las motivaciones subjetivas del Santo Padre o la de la problemática objetiva que él desea tratar. Desde el punto de vista subjetivo se identifica con san Francisco de Asís, sin duda la figura más «ecológica» de la Iglesia Católica. El Papa, en la Encíclica recurre a menudo a la inspiración que representa esta figura para desarrollar una «ecología integral». Sin embargo, esta motivación ideal y providencial es secundaria respecto a la urgencia de una intervención apropiada como la que requieren los problemas medioambientales globales del planeta.          

«En esta Encíclica, intento especialmente entrar en diálogo con todos acerca de nuestra casa común» (LS 3), declara el Santo Padre desde el comienzo, después de la oración de alabanza al Creador, por «la hermana nuestra madre tierra» (LS 1) que «clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella» (LS 2).

He aquí, en pocas palabras, la intención ecológica del papa Francisco, que justifica a su vez la importancia del documento pontificio, una Encíclica, y su método original, un diálogo. Una Encíclica, es decir, una enseñanza mayor sobre un tema crucial, expresión de la autoridad del Sumo Pontífice. Y su método: no es una exhortación apostólica dirigida solamente a la Iglesia Católica, sino un «diálogo con todos acerca de nuestra casa común». Tal método es raro para un Papa, pero no es la primera vez que Francisco introduce una novedad en el contexto de las comunicaciones papales. En cualquier caso, fue san Juan XXIII quien inauguró este género hace más de cincuenta años, «cuando el mundo estaba vacilando al filo de una crisis nuclear» (LS 3), dirigiendo su Encíclica Pacem in Terris no sólo a todos los fieles sino también «a todos los hombres de buena voluntad» (LS 3).

«Ahora, frente al deterioro ambiental global, quiero dirigirme a cada persona que habita este planeta» (LS 3) —escribe Francisco—, consciente de su responsabilidad planetaria como líder religioso de más de mil millones de católicos. Sigue la línea trazada por sus predecesores, de quienes recuerda algunas de las principales intervenciones sobre la ecología (LS 2-6). El estilo del documento, a veces bastante técnico en algunas partes, en general es poco magistral pero está lleno de propuestas concretas, que ilustran que el Papa no habla solamente «ex cátedra» sino como un ciudadano de la «casa común», investido de una responsabilidad moral universal para facilitar un «nuevo diálogo sobre el modo como estamos construyendo el futuro del planeta» (LS 14).

Este diálogo no puede ser en una única dirección, sino que requiere que nos escuchemos seriamente unos de otros acerca de una crisis que nos afecta a todos, a fin de acelerar una movilización urgente que tarda en materializarse, ya que hay que superar juntos las actitudes que la obstaculizan: «el rechazo de los poderosos» así como «la falta de interés de los demás»; «la negación del problema, la indiferencia, la resignación cómoda o la confianza ciega en las soluciones técnicas» (LS 14). Francisco quiere contribuir a este proceso de diálogo con su Encíclica, que no es en un principio un discurso «confesional», sino una reflexión de naturaleza sapiencial basada, además que en la luz de los textos bíblicos, en los datos de la ciencia, la filosofía y la espiritualidad. Este enfoque multidisciplinario contiene, sin embargo, una enseñanza específicamente cristiana, que aporta un punto de vista pertinente al diálogo y que proporciona a los creyentes puntos de referencia sólidos para vivir mejor la dimensión ecológica de su relación con Jesucristo (LS 62-64 ; 216). 

Los diferentes capítulos de esta Encíclica reflejan esta diversidad de enfoques. Algunos son más difíciles a causa de las consideraciones científicas, que comprenden mejor los especialistas en cuestiones medioambientales; otros son más accesibles, por ejemplo, cuando el Papa habla de educación y de espiritualidad ecológica en un lenguaje cristiano cercano a la vida cotidiana, comprensible para un público amplio, incluidos quienes no creen. En síntesis, Laudato Si' es un documento original, de un género único en cuanto a amplitud del diálogo, que aporta un complemento a «la doctrina social de la Iglesia» al servicio de la justicia y de la paz para toda la humanidad. 

¿Por qué, pues, el papa Francisco ha escrito  de este modo la Encíclica Laudato Si'? En síntesis, diría que fue para ser fiel a la «palabra clave» que define la actitud de la Iglesia en el ejercicio de su misión después del Concilio Ecuménico Vaticano II: el diálogo. Una de las grandes novedades del Concilio fue, en efecto, su actitud de diálogo, que dio un nuevo auge al movimiento ecuménico y al diálogo interreligioso, así como a la promoción de la paz y la solidaridad internacional. Este es el espíritu de diálogo que Francisco encarna ante la urgencia planetaria escribiendo esta Encíclica, que sin duda pasará a la historia como uno de los documentos más fundamentales de su pontificado, ya que su discurso va mucho más allá de unas palabras de circunstancia sobre la crisis mundial del medio ambiente. Francisco supo aprovechar el «momentum» creado por la Cumbre de París sobre el calentamiento global del clima[1] para expresar el punto de vista de la Iglesia acerca de la cuestión ecológica, mostrando en particular la estrecha conexión entre la degradación del medio ambiente y la suerte de los más pobres. 

Su aportación prolonga de este modo el pensamiento de sus predecesores, ahondando en las causas profundas de la crisis medioambiental, lo cual le permite ampliar la perspectiva científica común al proponer el concepto de «ecología integral». Este incluye, además de la dimensión física de la creación, la dimensión «humana» y «social» de la ecología[2]. Francisco propone en este sentido una «conversión ecológica» urgente y posible que eduque de modo eficaz a todo el mundo a una solidaridad global, es decir, a una auténtica «alianza entre la humanidad y el ambiente» (LS 209s).    

La importancia de un diagnóstico apropiado

Esta propuesta de ecología integral se basa en datos científicos que cosechan un amplio consenso, aunque no pretende ser exhaustiva[3]. De un líder religioso no cabe esperar que rivalice con los hombres de Ciencia, sino que tenga en cuenta sus conclusiones y su visión. Francisco se aplica seriamente en ello y comparte la inquietud de la mayoría de expertos, pero su discernimiento va más allá de las constataciones científicas, ya que su «botiquín de primeros auxilios» le permite examinar desde una perspectiva histórica el modelo cultural que ha llevado a la humanidad a un tal estado de cosas (cap. III). Volveré sobre esto más adelante.  

La primera constatación científica que el Papa asume concierne al «clima como bien común»: «Hay un consenso científico muy consistente que indica que nos encontramos ante un preocupante calentamiento del sistema climático» (LS 23). Este calentamiento tiene efectos negativos sobre el medio ambiente, la economía y las condiciones de vida de las poblaciones más pobres: «Los peores impactos probablemente recaerán en las próximas décadas sobre los países en desarrollo» (LS 25). A esto añade la problemática del agotamiento de los recursos, en particular la cuestión del agua, un bien precioso cuya inminente escasez podría provocar pronto graves conflictos, puesto que es un «derecho humano básico» y «una condición para el ejercicio de los demás derechos humanos» (LS 30). El Papa se detiene después en el problema de la «pérdida de biodiversidad» (LS 32-42), especialmente en el hecho de que cada año desaparezcan «miles de especies vegetales y animales» (LS 33) que no son solamente «recursos» explotables sino que tienen un valor en sí mismas, «ya no darán gloria a Dios con su existencia ni podrán comunicarnos su propio mensaje» (LS 33). En este contexto, Francisco atrae la atención sobre la Amazonia, «pulmón del planeta», que representa una reserva incomparable de biodiversidad pero que está amenazada «por los intereses económicos de las corporaciones transnacionales»[4] (LS 38).

A la raíz de la degradación actual del medio ambiente que llega incluso «hasta el fondo de los océanos» (LS 41), identifica varios factores humanos, entre los cuales la urbanización selectiva y un desenfreno consumista que conlleva una «cultura del descarte», la cual aumenta la contaminación del aire, desfigura el panorama de las ciudades y margina todavía más a quienes tienen poco poder adquisitivo. El Papa denuncia el modelo dominante de producción, acompañado por la publicidad de masas, cuyo objetivo es obtener el máximo beneficio para quienes poseen el capital financiero y los recursos tecnológicos (LS 109). Este modelo provoca un sentimiento creciente de injusticia y de cólera, ya que las desigualdades aumentan y quienes sacan provecho de este sistema no ofrecen todavía la compensación social adecuada por la degradación del ambiente físico y sus consecuencias sociales. Uno de los puntos fuertes de la Encíclica es precisamente que muestra el impacto social de la degradación del medio ambiente y el desafío ético que representa para los líderes políticos y religiosos. Para enderezar la situación se requiere una seria reflexión sobre las causas profundas de estos fenómenos, que en buena parte dependen «de la raíz humana de la crisis ecológica» (LS 101ss). De aquí la necesidad y la enorme dificultad de una cambio de paradigma en la relación del hombre con el medio ambiente, con el fin de dejar atrás la actitud de explotación en beneficio del respeto de la creación y de la solidaridad universal.     

La Encíclica afirma que el paradigma dominante de la cultura occidental desde hace al menos dos siglos es «tecnoeconómico», como consecuencia directa del auge triunfante de las ciencias positivas, confirmado por los avances tecnológicos en numerosos campos, especialmente en la medicina y la comunicación (LS 102)[5]. De aquí el entusiasmo de las masas por el «progreso», adulado como un ídolo si no como un mito, que va acompañado por el eclipse de la metafísica; el resultado es que los descubrimientos científicos y los medios técnicos aumentan sin cesar, pero sin suficiente reflexión sobre sus finalidades. Por consiguiente, no irán acompañados de elecciones éticas adecuadas respecto a sus consecuencias ecológicas, que conllevan cada vez más desigualdad social y un vergonzoso despilfarro de reservas valiosísimas en detrimento de las poblaciones más desfavorecidas (LS 104, 107). Además, la diversidad de opiniones y la ausencia  de una «cultura ecológica» ampliamente compartida impiden que se ponga en marcha una acción decisiva y concertada de los poderes públicos para enderezar la situación en provecho del bien común de la humanidad. «Así se manifiesta —repite Francisco— que la degradación ambiental y la degradación humana y ética están íntimamente unidas» (LS 56)[6].          

El Evangelio de la creación en Cristo

Llegados a este punto de la reflexión, el Papa introduce una primera consideración sapiencial tomada del «Evangelio de la creación» (cap. II) que hace valer la aportación de la fe como mirada complementaria a la aventura humana y sus dramas. Los relatos del Génesis sobre la creación del hombre a imagen de Dios y sobre la caída iluminan aún más el destino actual de la humanidad y sus desequilibrios, incluidas las guerras, «el abandono de los más frágiles» y los «ataques a la Naturaleza» (LS 66). La dominación despótica del hombre sobre la naturaleza que constatamos actualmente no se ajusta al sentido del texto bíblico que nos invita a «labrar y cuidar» es decir a «proteger, custodiar, preservar, guardar, vigilar. Esto implica una relación de reciprocidad responsable entre el ser humano y la naturaleza» (LS 67). Tal reciprocidad implica, en primer lugar, la preocupación por el ser humano en todas sus relaciones, de lo contrario la anarquía de las pasiones desordenadas se instala y el derecho del más fuerte elimina injustamente a los más débiles. «La mejor manera de poner en su lugar al ser humano, y de acabar con su pretensión de ser un dominador absoluto de la tierra, es volver a proponer la figura de un Padre creador y único dueño del mundo, porque de otro modo el ser humano tenderá siempre a querer imponer a la realidad sus propias leyes e intereses» (LS 75).

Francisco resalta a continuación que «para la tradición judío-cristiana, decir “creación” es más que decir “naturaleza”, porque tiene que ver con un proyecto del amor de Dios donde cada criatura tiene un valor y un significado» (LS 76). En efecto, en esta tradición, se comprende que la naturaleza no es solamente un «sistema que se analiza, comprende y gestiona», sino que es un «don que surge de la mano abierta del Padre de todos, como una realidad iluminada por el amor que nos convoca a una comunión universal» (LS 76). En consecuencia, la criatura remite al ‘misterio’ de su Autor pero al mismo tiempo está despojada del carácter divino que otras culturas le atribuyen. Esto conlleva una responsabilidad mayor de la libertad humana en relación a la naturaleza, de respetarla o degradarla, según las decisiones que toman los habitantes del planeta obedezcan a un ideal de justicia y de paz, o al provecho particular de un pequeño número de personas al mando de los grandes recursos tecnoeconómicos.

Esta es una de las principales razones que impulsaron al papa Francisco a escribir la Encíclica Laudato Si', el destino común de los bienes de la tierra y la corrección de la injusticia que sufren los más pobres a causa de la degradación del medio ambiente: «Todo planteamiento ecológico debe incorporar una perspectiva social que tenga en cuenta los derechos fundamentales de los más postergados» (LS 93). «Todo está relacionado» repite Francisco como un eslogan, pero siendo muy consciente concretamente de que «el principio de la subordinación de la propiedad privada al destino universal de los bienes y, por tanto, el derecho universal a su uso es una “regla de oro” del comportamiento social y el “primer principio de todo el ordenamiento ético-social’’»[7] (LS 93). Basándose en gran medida en las enseñanzas proféticas del papa Juan Pablo II al respecto, sobre todo en las Encíclicas Laborem exercens y Centesimus annus, Francisco reafirma los mismos principios, haciendo suyos algunos incisivos discursos de las Conferencias episcopales de Paraguay y de Nueva Zelanda (LS 93,95)[8]. Concluye diciendo: «El medio ambiente es un bien colectivo, patrimonio de toda la humanidad y responsabilidad de todos. Quien se apropia algo es sólo para administrarlo en bien de todos. Si no lo hacemos, cargamos sobre la conciencia el peso de negar la existencia de los otros» (LS 95). Aquí se ven la pasión y el amor del papa Francisco por los pobres, de quienes no se cansa de recordar el lugar central que ocupan y su importancia para la misión de la Iglesia, como ha hecho recientemente al instituir La Jornada Mundial de los Pobres.         

Para ilustrar la necesidad y el ideal de un nuevo paradigma de solidaridad universal, el Papa se basa de nuevo en san Francisco de Asís y su oración de alabanza que celebra la fraternidad de todas las criaturas. «Alabado seas, mi Señor, por el hermano Sol, por la hermana luna y las estrellas, por el hermano fuego y la hermana agua». El sentido de esta evocación poética y mística es invitar a tener una mirada sobre la creación que dicte  el respeto, la admiración, la compasión y la comunión universal de todas las criaturas (LS 91-92).

Esta teología de la creación culmina con un planteamiento cristológico típico de Francisco, que ve todas las cosas desde la «mirada de Jesús», esa mirada divino-humana que se posa sobre cada ser en la luz del Espíritu Santo, permitiéndole ver la creación como un don del Padre. Pero esta mirada de Jesús en la Laudato Si'’ ve más lejos que la de una cristología que se limitase a su experiencia humana, ya que abraza el origen (Col 1, 16) y el cumplimiento de toda la creación en el misterio del Verbo encarnado (Jn 1, 14) (LS 99): «Dios quiso que en Él residiera toda la Plenitud. Por él quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz» (Col 1, 19-20) (LS 100). Volveremos más tarde sobre esta cristología pascual que constituye el vínculo ontológico por excelencia de la comunión universal de todos seres de la creación, ya que los asume como Señor al ofrecerse a sí mismo al Padre, hacia el cumplimiento escatológico de todas las cosas: cuando «Dios sea todo en todos» (1Co 15, 28) (LS 100). De aquí la exigencia suplementaria de alabanza y de servicio para a los cristianos en la lógica de su fe eucarística, a fin de que sean líderes de un movimiento ecológico integral y mundial. A este propósito Francisco coincide con la visión ortodoxa del hombre como «sacerdote» de la creación que vela por salvaguardar la libertad del hombre y su unión con Dios en la adoración[9].     

La promoción de una ecología integral

La problemática ecológica, pues, se presenta como una gran oportunidad para anunciar el Evangelio de la creación y de la salvación a partir de la situación del planeta que interesa de forma vital a toda la humanidad. Francisco aprovecha bien la ocasión, es decir, la aprovecha sin hacer proselitismo, ni concordismo, ni apologética desfasada. Constata que el carácter dramático de los cambios climáticos y la importancia del factor humano en la crisis ecológica plantean, en sí mismos, la cuestión del porvenir y del sentido de la presencia del hombre en este planeta. Como punto de referencia moral universalmente reconocido, el Papa se encuentra en una posición ideal para plantear cuestiones esenciales que desbordan la problemática social de la ecología. «¿Qué tipo de mundo queremos dejar a quienes nos sucedan, a los niños que están creciendo?» ¿Para qué pasamos por este mundo? ¿para qué vinimos a esta vida? ¿para qué trabajamos y luchamos? ¿para qué nos necesita esta tierra? ». Estas preguntas atañen no sólo al sentido de lo que hacemos, sino también al sentido de lo que somos, «lo que está en juego es nuestra propia dignidad» (LS 160).  

Hacerse estas preguntas, significa llevar el debate a otro nivel y apelar a otros recursos para sostener el objetivo principal de la Encíclica: promover una ecología integral (cap. IV), e interpelar a todas las instancias de diálogo con vistas a una acción eficaz tanto a nivel personal como local e internacional (cap. V). Sin embargo, la eliminación de las causas más profundas de la crisis medioambiental requiere una última aportación de la Iglesia, de la cual Francisco esboza un inicio en el capítulo sobre la espiritualidad ecológica, a fin de contribuir eficazmente a la educación «para la alianza entre la humanidad y el ambiente» (LS 209-215). Hablar de alianza a este propósito es una fórmula analógica, que desea despertar la libertad humana invitando a una actitud nueva, más contemplativa y más respetuosa, cuyo eje no sea ya el «usa y tira» (LS 123) de los bienes de consumo, sino el valor de la solidaridad humana y de la comunión universal entre todas las criaturas.    

A efectos de esta alianza urgente e imprescindible, el Papa no duda en reclamar un «nuevo comienzo», es decir, en proponer una auténtica «conversión ecológica» que apueste por «otro estilo de vida», a fin de escapar del consumismo compulsivo que convierte al hombre en esclavo de su propio sistema de producción. «El consumismo obsesivo —escribe— es el reflejo subjetivo del paradigma tecnoeconómico» (LS 203). Salir de este paradigma aparentemente inamovible, que degrada excesivamente el medio ambiente (LS 106), significa agarrarse a un titán despótico que, según la crítica de Guardini a la modernidad técnica, no se dirige «ni a la utilidad ni al bienestar, sino al dominio; el dominio, en el sentido más extremo de la palabra»[10] (LS 108). De aquí el llamado valiente del Papa a una «revolución cultural» que comporta «una mirada distinta, un pensamiento, una política, un programa educativo, un estilo de vida y una espiritualidad que conformen una resistencia ante el avance del paradigma tecnocrático» (LS 111). Esta revolución requiere lucidez y valentía para comenzar a tomar decisiones personales que logren vencer el individualismo y adopten  actitudes ciudadanas nuevas tan concretas como «abrigarse un poco en lugar de encender la calefacción», «evitar el uso de material plástico y de papel, reducir el consumo de agua, separar los residuos, cocinar sólo lo que razonablemente se podrá comer, tratar con cuidado a los demás seres vivos, utilizar transporte público o compartir un mismo vehículo entre varias personas, plantar árboles, apagar las luces innecesarias, etc.» (LS 211).

Además de dar estas sugerencias concretas posibles para todos, el Papa atrae la atención sobre «la importancia central de la familia» (LS 213), hogar luminoso de la ecología, ya que es el lugar por excelencia de acogida del don de la vida y de su protección desde el primer instante de su concepción hasta la muerte natural. En efecto, la educación básica a «decir gracias», «a dominar la agresividad o la voracidad», a pedir perdón cuando hacemos algún daño y a respetar lo que nos rodea, se da y se recibe en la familia. La alianza entre la humanidad y el ambiente tiene que pasar pues por la familia, escuela de humanización, al igual que por «un esfuerzo de concienciación de la población que compete a la política y a las diversas asociaciones» (LS 214). En este sentido, el Papa dirige un llamado muy especial a las instituciones y comunidades cristianas, a fin de que estas eduquen «para una austeridad responsable, para la contemplación agradecida del mundo, para el cuidado de la fragilidad de los pobres y del ambiente» (LS 214).

De la conversión ecológica a la solidaridad universal  

En esta línea sapiencial inspirada en la Biblia, vale la pena detenerse en la dimensión espiritual de la «conversión ecológica», que me parece la parte más original y más decisiva de la Encíclica. Francisco no se limita a motivar un cambio de estilo de vida haciendo la apología racional de una sobriedad austera sino más dichosa. Sienta las bases cristianas para una verdadera espiritualidad ecológica, es decir, para una visión antropológico-religiosa de la creación que puede transformar de modo más eficaz la relación entre la humanidad y su ambiente, una visión teológica y operativa que implica «diversas actitudes que se conjugan para movilizar un cuidado generoso y lleno de ternura» (LS 220).      

Y aquí vuelve espontáneamente la figura de Francisco de Asís y su sentido de gratitud y gratuidad para describir este «reconocimiento del mundo como un don recibido del amor del Padre» (LS 220). Un reconocimiento que «implica la amorosa conciencia de no estar desconectados de las demás criaturas, de formar con los demás seres del universo una preciosa comunión universal» (LS 220). Y esta amorosa conciencia de comunión se apoya en dos convicciones: en primer lugar «cada criatura refleja algo de Dios y tiene un mensaje que enseñarnos»; en segundo lugar «la seguridad de que Cristo ha asumido en sí este mundo material y ahora, resucitado, habita en lo íntimo de cada ser, rodeándolo con su cariño y penetrándolo con su luz» (LS 221). De aquí el respeto religioso de toda la creación que los cristianos tienen la gracia de vivir y de cultivar en todas sus relaciones, siguiendo el ejemplo luminoso de san Francisco de Asís.

El Papa explicita entonces la dimensión espiritual de esta conversión ecológica con un elogio de la sobriedad sazonado con humildad, «un crecimiento con sobriedad y una capacidad de gozar con poco» (LS 222). «Se puede necesitar poco y vivir mucho, sobre todo cuando se es capaz de desarrollar otros placeres y se encuentra satisfacción en los encuentros fraternos, en el servicio, en el despliegue de los carismas, en la música y el arte, en el contacto con la naturaleza, en la oración» (LS 223). Las virtudes de la sobriedad y la humildad van de la mano, según él, aunque sean impopulares, ya que garantizan un equilibrio que no sólo protege «la integridad de los ecosistemas», sino sobre todo «la integridad de la vida humana». Sin estas virtudes no soñemos con una ecología humana, «si nos volvemos autónomos, si excluimos de nuestra vida a Dios y nuestro yo ocupa su lugar, si creemos que es nuestra propia subjetividad la que determina lo que está bien o lo que está mal» (LS 224).

En última instancia, tal y como su santo patrono y algunos de sus émulos como san Buenaventura o san Juan de la Cruz, el papa Francisco osa pasar a la mística de la creación para mostrar el horizonte más íntimo de la alianza entre la humanidad y la creación material. «Encontrar a Dios en las criaturas exteriores» y no sólo en sí mismos es un ideal que nos propone y una gracia que nos desea, reconociendo de paso un valor a las demás tradiciones con su referencia a un autor sufista[11]. En el cristianismo los sacramentos ayudan de un modo del todo natural a ver la interconexión de todos los elementos de la creación, ya que en la celebración de los sacramentos, «el agua, el aceite, el fuego y los colores son asumidos con toda su fuerza simbólica y se incorporan en la alabanza» (LS 235). Como fundamento de esta experiencia cristiana, el Santo Padre no olvida afirmar que «todas las criaturas del universo material encuentran su verdadero sentido en el Verbo encarnado, porque el Hijo de Dios ha incorporado en su persona parte del universo material, donde ha introducido un germen de transformación definitiva» (LS 235). Dicha transformación emana especialmente de la Eucaristía, «un acto de amor cósmico», en el cual el cosmos da gloria a Dios. En efecto, en el pan eucarístico, «la creación está orientada hacia la divinización, hacia las santas bodas, hacia la unificación con el Creador mismo»[12] (LS 236). De aquí la importancia ecológica del domingo, concluye naturalmente el Papa, como día de acción de gracias, de descanso y de gratuidad que renueva todas las relaciones e impide que la acción humana caiga en el «activismo vacío», el «desenfreno voraz» o «la conciencia aislada» (LS 239).

Una mística trinitaria de la creación

La última audacia de Francisco, esta vez absolutamente y exclusivamente cristiana, es explicitar la relación entre la Trinidad y la creación. Afirma, con la Tradición, que «el mundo fue creado por las tres Personas como un único principio divino, pero cada una de ellas realiza esta obra común según su propiedad personal» (LS 238). Comentando esta afirmación, se podría decir entonces que cada Persona actúa en comunión con las otras dos y en función de ellas, lo cual significa que la creación no es solamente un «don» que nos hacen las Tres, sino un «don creado» implicado en el intercambio «increado» entre las Tres Personas divinas, un don del Padre al Hijo y del Hijo al Padre en la unidad del Espíritu Santo, una glorificación mutua de las Personas divinas directamente vinculada con la creación en su conjunto[13]. Esta perspectiva trinitaria no es tan explícita en la Encíclica, pero los textos a los que hace referencia permiten elaborar a partir del final de la Epístola a los Corintios citada anteriormente (1 Co 15, 27-28), así como a partir del capítulo 8 de la Epístola a los Romanos citada al comienzo de la Encíclica[14], del Prólogo y de la oración sacerdotal en el Evangelio de san Juan. De este modo se entrevé el alcance cósmico y antropológico de esta glorificación mutua trinitaria directamente vinculada con la creación[15]. La búsqueda de sentido de la humanidad y la búsqueda de un «suplemento de alma»[16] en muchos de nuestros contemporáneos podrían colmarse en dicha perspectiva doxológica, que incluye al mismo tiempo un compromiso más consciente y religioso, teodramático por decirlo así, para la salvaguardia y el cuidado adecuado de nuestra casa común[17].  

Se podría sacar muchas consecuencias de este modo de actuar divino en comunión en todas las dimensiones de la creación, para fortalecer nuestras convicciones y nuestra propia voluntad de actuar conformemente al designio de Alianza de Dios con la humanidad y el cosmos. El Papa deja a los teólogos la tarea de profundizar estas perspectivas, pero no sin antes recordar con san Buenaventura que «toda criatura lleva en sí una estructura propiamente trinitaria», lo cual nos desafía a tratar de «leer la realidad en clave trinitaria» (LS 239). Y, por lo tanto, constatar que la «trama de relaciones» que es el mundo está inmersa en la comunión de las Personas divinas que son «relaciones subsistentes» (LS 240). De aquí la realización última de la persona humana que se santifica «a medida que entra en relación, cuando sale de sí misma para vivir en comunión con Dios, con los demás y con todas las criaturas» (LS 240). «Todo está conectado —concluye por fin el Santo Padre— y eso nos invita a madurar una espiritualidad de la solidaridad global que brota del misterio de la Trinidad» (LS 240).

A fin de que este ideal místico no se deje para algunos privilegiados o para algunos soñadores idealistas, Francisco nos ofrece al final del documento la mirada de la Santa Familia de Nazaret, María, la Reina de toda la creación, y José, el protector de la Iglesia universal, quienes por su proximidad carnal con el Verbo encarnado aprendieron a vivir en familiaridad con las Personas divinas, a amar su obra común en la creación y a glorificarlas al unísono con el Hijo. En esta luz trinitaria que ilumina todas las relaciones de la humanidad en el seno del cosmos, se encuentra la Esperanza última de la salvaguardia de la creación y de la paz universal, al igual que la certeza de una transformación escatológica de cada cosa en «Dios todo en todos». «Sí, estamos viajando hacia el sábado de la eternidad, hacia la nueva Jerusalén, hacia la casa común del cielo. Jesús nos dice: “Yo hago nuevas todas las cosas” (Ap 21, 5). » (LS 243).

 

CONCLUSIÓN

¿Por qué ha escrito el papa Francisco la Encíclica Laudato Si'?

Mi tarea en la apertura de este simposio era abordar de modo global las cuestiones que interesaban al Santo Padre y los motivos que le llevaron a tomar la palabra de forma original y audaz. Soy consciente de que apenas he esbozado las razones y las motivaciones que movieron al Santo Padre a dar un aporte de tal envergadura a la problemática medioambiental, reconocido pertinente incluso por sus críticos. Cabe esperar que el impacto de su método de diálogo y la incidencia del contenido sapiencial de su meditación alimenten y estimulen la búsqueda de alternativas para un desarrollo sostenible, con fuentes de energía verdes y estilos de vida que permitan salvaguardar el equilibrio ecológico del planeta.

Francisco, lejos de hacer comentarios sobre una cuestión profana después de que se hayan expresado al respecto tantas autoridades científicas más competentes en materia, entra humildemente en el diálogo, y hace avanzar el debate sobre la relación de la humanidad con su entorno, profundizándola con una reflexión sólidamente articulada desde el punto de vista de la razón y la teología. Identifica causas ignoradas y consecuencias sociales de la degradación del medio ambiente, diagnosticando la insuficiencia del paradigma tecnoeconómico y motivando la necesidad de una conversión ecológica urgente, a fin de asegurar la integridad de los ecosistemas y, sobre todo, la integridad de una ecología humana global que dé prioridad a la familia y a los más afectados por el deterioro del planeta: los pobres.

Asumiendo así su misión de líder mundial de la paz y del bien común, el Papa ha alcanzado varios objetivos intermedios que pueden contribuir a una promoción eficaz de la alianza urgente y necesaria entre la humanidad y el medio ambiente. Por una parte, su plataforma de diálogo, amplia y abierta, invita a todos los habitantes de la casa común y a todas las autoridades civiles o religiosas a comprometerse a fondo tanto para salvar los muebles de la casa común como para impedir pura y simplemente que se derrumbe. Por otra parte, los nuevos argumentos que ofrece a todos podrían suscitar colaboraciones ecuménicas, interreligiosas y culturales a nivel planetario. Además, en un plano específicamente cristiano y conformemente a su inspiración franciscana, muestra que un cuidado atento de la creación no es algo «al lado» de la identidad cristiana, sino que es un elemento esencial de la misión evangelizadora, como empeño por la fraternidad universal en la luz de Cristo resucitado.   

El Papa, en definitiva, ha querido responder a su misión de cabeza de la Iglesia Católica, proponiendo una ecología integral que muestre la  interconexión de todos los elementos de la creación y la corresponsabilidad de todos los seres humanos frente a las derivas «tecnoeconómicas» que limitan el horizonte de la vida humana al apetito de consumo, creando así un desequilibrio en las relaciones de fraternidad y de solidaridad social entre las personas en su «casa común».     

A este discernimiento corresponde una terapia ecológica adecuada, que consiste en una conversión del corazón a un estilo de vida más sobrio y más dichoso, menos voraz y más disciplinado, que se apoya en una visión teológica de la creación como don recibido del Padre y busca una comunión universal fundada en última instancia en la Encarnación del Hijo y su prolongación sacramental en la Eucaristía. La comunión con el Cuerpo de Cristo resucitado y la sumisión a su Señorío cósmico infunden eficazmente en las almas las actitudes y las motivaciones profundas para una relación de alianza entre la humanidad y el ambiente, que sea ecológicamente fecunda al restaurar la justicia y la paz para gloria de la Santa Trinidad. Ser servidores de esta gloria trinitaria colaborando activamente con las Tres Personas divinas en su obra salvadora debería ser siempre una señal característica de la responsabilidad ecológica de los cristianos, en beneficio de la «hermana nuestra Madre Tierra» que gime esperando la revelación de los hijos de Dios y con la Esperanza de un cumplimiento que no defraude.   

Y para concluir con la inspiración más profunda del Santo Padre Francisco, escuchemos su primer llamado ecológico en la homilía inaugural de su Pontificado (19 de marzo de 2013), que ya apuntaba el mensaje profético de esta extraordinaria Encíclica:   

«Quisiera pedir, por favor, a todos los que ocupan puestos de responsabilidad en el ámbito económico, político o social, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad: seamos “custodios” de la creación, del designio de Dios inscrito en la naturaleza, guardianes del otro, del medio ambiente; no dejemos que los signos de destrucción y de muerte acompañen el camino de este mundo nuestro.  Pero, para “custodiar”, también tenemos que cuidar de nosotros mismos. Recordemos que el odio, la envidia, la soberbia ensucian la vida. Custodiar quiere decir entonces vigilar sobre nuestros sentimientos, nuestro corazón, porque ahí es de donde salen las intenciones buenas y malas: las que construyen y las que destruyen. No debemos tener miedo de la bondad, más aún, ni siquiera de la ternura».

 

Card. Marc Ouellet, Prefecto de la Congregación para los Obispos


 

[1] Durante su visita al Papa Francisco el 24 de enero de 2014, el Presidente de la República Francesa, François Hollande, ha hablado de esta importante Conferencia de Paris sobre el clima y ha pedido el apoyo del Santo Padre. La publicación de la Encíclica Laudato Si, el 15 de junio de 2015, día de Pentecostés, permitió responder a esta petición, así como preparar la intervención del Papa Francisco en la Cumbre mundial sobre “la agenda 2030 sobre el desarrollo sostenible” en la Asamblea General de la ONU del 25 de noviembre de 2015.

 

[2] Cf. Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2007, núm. 8. Después de evocar la Encíclica Centesimus annus en la que Juan Pablo II escribe que Dios no sólo ha dado la tierra al hombre, el cual debe usarla con respeto, sino que incluso el hombre es para sí mismo un don de Dios y, por tanto, debe respetar la estructura natural y moral de la que ha sido dotado, Benedicto XVI añade: «Así, pues, además de la ecología de la naturaleza hay una “ecología” que podemos llamar “humana”, y que a su vez requiere una “ecología social”. (…) La experiencia demuestra que toda actitud irrespetuosa con el medio ambiente conlleva daños a la convivencia humana, y viceversa. Cada vez se ve más claramente un nexo inseparable entre la paz con la creación y la paz entre los hombres». 

[3] Cf. Celia Deane-Drummond, Laudato Si and the Natural Sciences: An Assessment of Possibilities and Limits, Theological Studies, 2016, Vol. 77(2) 392-415.

[4] V Conferencia General de Obispos de América Latina y el Caribe, Documento de Aparecida, (29 de junio de 2007) núm. 86.

[5] En realidad, me parece que la causa profunda se remonta a la revolución cartesiana, que niega toda finalidad natural en provecho de un mecanismo integral, y fija como objetivo de la nueva ciencia que instaura convertirnos en «maestros y poseedores de la Naturaleza» (Discurso del método, 6ª parte). El desarrollo tecnoeconómico, que se generaliza en el siglo XIX, no es más que la aplicación de esta concepción. Cf. «L’objection mécaniste», en Etienne Gilson, D’Aristote à Darwin et retour – Essai sur quelques constantes de la biophilosophie, París, Vrin, 1971, cap. 2, págs. 33-53.

[6] «Nuestra sociedad desarrollada es ‘drogadicta’, dependiente de las energías fósiles, está devorada por la velocidad, frustrada por un endeudamiento insostenible, vacía a causa del consumismo y de las ideologías del provecho y del poder salvífico de la tecnocracia o del progreso humano ilimitado» Luciano Larivera SJ, Le sfide aperte sulla ‘casa comune’. La Encíclica más allá de las críticas ideológicas. La Civiltà cattolica 2015, III, 23-34, aquí 23. 

[7] Juan Pablo II, Enc. Laborem Exercens, (14 de septiembre de 1981), núm. 19 : AAS 73 (1981), 626.

[8] «Todo campesino tiene derecho natural a poseer un lote racional de tierra donde pueda establecer su hogar, trabajar para la subsistencia de su familia y tener seguridad existencial. Este derecho debe estar garantizado para que su ejercicio no sea ilusorio sino real. Lo cual significa que, además del título de propiedad, el campesino debe contar con medios de educación técnica, créditos, seguros y comercialización» Conferencia Episcopal Paraguaya, Carta pastoral El campesino paraguayo y la tierra (12 de junio de 1983), núms. 2, 4, d. (LS 94).

[9] Cf. Ioannis Zizioulas, Liturgia cosmica ed ecologia, entrevistado por Antonio Spadaro SJ, La Civiltà cattolica, 2015, III, 164-176, 3962. 

[10] Romano Guardini, Das Ende der Neuzeit, p. 63-64; El fin de los tiempos modernes, pág. 68.

[11] Ali al-Khawwâc, místico sufista citado en el núm. 233.

[12] Benedicto XVI, Homilía con ocasión de la Misa del Corpus Domini (15 de junio de 2006) : AAS 98 (2006), 513.

[13] Si no reflexionamos a fondo sobre la verdad revelada de la «creación en Cristo» (Col 1, 15-16), se podría objetar que esta perspectiva confunde la procesión de las criaturas con la procesión de las Personas divinas, pero la gratuidad de la unión hipostática es garantía de la distinción y de la unidad insondable entre Trinidad y creación.   

[14] Rom 8, 22: «Nuestra oprimida y devastada tierra, que ‘gime y sufre dolores de parto’» (LS 2). Cf. Brendan Byrne, SJ, A Pauline complement to Laudato Si , Theological Studies, 2016, Vol. 77 (2) 308-337.

[15] Cf. Hans Urs von Balthasar, La Gloire et la Croix, Nouvelle Alliance, Aubier, 1975, 337ss ; La Dramatique divine, IV. Le Dénouement, Culture et Vérité, 463ss.

[16] Cf. H. Bergson, Las dos fuentes de la moral y la religión (1932), cap. IV. : «No nos limitamos a decir, por lo tanto, como lo hacíamos más arriba, que la mística llama a la mecánica. Añadimos que el cuerpo agrandado espera un suplemento de alma, y que la mecánica exige una mística».

[17] Cf. Hans Urs von Balthasar, La Dramatique divine, IV. Le dénouement, p. 341ss.